Ayer fue día de elecciones, así que Diego, Marcos y yo elegimos ir a pescar al mar, concretamente con la modalidad de surfcasting.
La jornada nos recibió con unas tímidas gotas que se dejaban caer desde las nubes, sin embargo se intuía que la lluvia cesaría en breve.
Con las cañas montadas, nos dirigimos hacia la arena, con un futuro incierto por delante, pues el mar tenía buena pinta, pero esto no es suficiente ahora mismo.
Cuando la luz iba ganando intensidad, Juan se acercó hasta nuestra posición. Él había optado por la pesca a spinning con vinilo, pero el resultado había sido el mismo que el nuestro hasta ese momento.
Habíamos tenido alguna que otra picada de peces pequeños, pero ninguno había podido engullir el cebo con el gran anzuelo que lo acompañaba.
Percibo una picada en mi caña y me apresuro a tomarla en la mano ... con ella en la mano siento que algo viene al otro lado de la línea, aunque es una sensación extraña. Cuando el bajo se aventura entre las olas, me doy cuenta de que he perdido la pieza, pero se intuye algo de bello colorido junto al anzuelo.
?????????
!!!Una jibionera¡¡¡
Lo único que se me ocurre en ese momento es que un buen cefalópodo, con la jibionera enganchada había tomado el cebo y en la lucha, este se soltó, dejándome como único trofeo el señuelo de plástico.
!!Insólito¡¡
Las algas comenzaron a llegar a nuestra posición y la pesca se tornó molesta.
Alguna que otra picada con nulos resultados, hicieron que se echara de menos una caja de gusanos marinos, con la que tentar a esas especies.
La mañana seguía con la misma tónica: picadas de peces pequeños que no quedaban prendidos.
Optamos por aguantar un poco más en el lugar y si todo seguía igual, probaríamos en otra zona.
En uno de los lances, Diego reparó en que existía alguna anomalía en la línea, a su paso por la tercera anilla.
Cuando descubrí de qué se trataba, le cayó una pequeña burla sin maldad por nuestra parte. A causa de la falta de luz o del madrugón, Diego no había acertado a pasar la línea por la anilla, sino por el bastidor de esta.
Las algas y el mar que perdía intensidad, propiciaron nuestra salida del arenal, en busca de un nuevo emplazamiento. Probaríamos suerte en una zona más limpia y bastante alejada del lugar inicial.
De camino, sugerí hacer una parada en un bar, para tomar algo.
En esto tuvimos mucha suerte, pues había una terraza montada junto a un parque infantil, por lo que la arena que llevábamos encima no se notaría entre la que ya había por el suelo.
Con las fuerzas renovadas, emprendimos la marcha hacia la nueva ubicación.
De camino hicimos un alto para observar una obra de arte única. Se trataba de un castillo de arena de lo más fantástico, con un par de fuentes de agua y pequeños detalles de bella factura.
Su creador nos mostró una fotografía con otro que había hecho anteriormente, de proporciones mucho mayores.
En la nueva zona de pesca, el guión fue el mismo que en la primera, por lo que no tardamos en dar por concluida la jornada.
Nos lamentamos de no haber capturado alguna pieza, pero la pesca selectiva es lo que tiene.
La jornada según Marcos.
La jornada según Diego.
Cuando la luz iba ganando intensidad, Juan se acercó hasta nuestra posición. Él había optado por la pesca a spinning con vinilo, pero el resultado había sido el mismo que el nuestro hasta ese momento.
Percibo una picada en mi caña y me apresuro a tomarla en la mano ... con ella en la mano siento que algo viene al otro lado de la línea, aunque es una sensación extraña. Cuando el bajo se aventura entre las olas, me doy cuenta de que he perdido la pieza, pero se intuye algo de bello colorido junto al anzuelo.
?????????
!!!Una jibionera¡¡¡
Lo único que se me ocurre en ese momento es que un buen cefalópodo, con la jibionera enganchada había tomado el cebo y en la lucha, este se soltó, dejándome como único trofeo el señuelo de plástico.
!!Insólito¡¡
Alguna que otra picada con nulos resultados, hicieron que se echara de menos una caja de gusanos marinos, con la que tentar a esas especies.
Optamos por aguantar un poco más en el lugar y si todo seguía igual, probaríamos en otra zona.
Cuando descubrí de qué se trataba, le cayó una pequeña burla sin maldad por nuestra parte. A causa de la falta de luz o del madrugón, Diego no había acertado a pasar la línea por la anilla, sino por el bastidor de esta.
De camino, sugerí hacer una parada en un bar, para tomar algo.
En esto tuvimos mucha suerte, pues había una terraza montada junto a un parque infantil, por lo que la arena que llevábamos encima no se notaría entre la que ya había por el suelo.
De camino hicimos un alto para observar una obra de arte única. Se trataba de un castillo de arena de lo más fantástico, con un par de fuentes de agua y pequeños detalles de bella factura.
Su creador nos mostró una fotografía con otro que había hecho anteriormente, de proporciones mucho mayores.
En la nueva zona de pesca, el guión fue el mismo que en la primera, por lo que no tardamos en dar por concluida la jornada.
Nos lamentamos de no haber capturado alguna pieza, pero la pesca selectiva es lo que tiene.
La jornada según Marcos.
La jornada según Diego.