El fin de semana pasado había quedado con Rubén y Esteban para ir a pescar al mar, pero una vez en el lugar, nos dimos cuenta de que poco había que hacer, ya que nos encontramos muchísimas algas depositadas en las zonas someras y el agua estaba especialmente quieta.
Las Islas Cíes eran acariciadas por plomizas nubes que amenazaban con evacuar su valiosa carga,
mientras en las pozas someras, los mújoles comían tranquilamente.
En un palet que había en la playa, nos encontramos con estos percebes cuello de ganso (Lepas anatífera), que llamaron nuestra atención.
Como suele ser frecuente, estos se encuentran sujetos a objetos que flotan a la deriva por el mar.
Mientras nos entreteníamos probando señuelos y mirando a nuestro alrededor, observamos a un buey de mar ( Cancer pagurus) que se movía entre las algas de la orilla.
Y siguiendo con la observación, nos encontramos a esta sepia muerta.
Por el estado en el que se encontraba y que algunos cromatóforos presentaban cierta actividad, dedujimos que llevaba poco tiempo inerte.
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Y como este domingo las previsiones tampoco eran muy buenas para ir al mar, me decidí a ir por la tarde a ver si los basses ya estaban activos.
Allí me encontré a Juan, que ya había capturado y liberado algún ejemplar de buen porte.
Ambos coincidimos en que estaban difíciles de engañar, pero ya que estábamos allí, había que intentarlo.
En la zona donde me lo había encontrado al llegar, mi compañero capturó un bello ejemplar que posó para la foto antes de ser liberado.
En ese momento yo me había estrenado con un joven ejemplar.
No sé miraban muchos basses de porte, y el viento también nos dificultaba la tarea, para poder pescar a pez visto.
De esta manera pude engañar a un buen ejemplar, el cual se defendió con una magnífica serie de saltos.
Me dispuse a cogerlo, pero al ver que iba a repetir otro salto, dejé que lo ejecutara, con tan mala suerte que le cedí algo de línea y logró soltarse antes de posar para la instantánea.
Con el sabor agridulce del anterior bass, llegamos a una zona en la que Juan localizó a un par de basses de porte.
No hicieron mucho caso de su señuelo, pero mi insistencia si tuvo recompensa en forma de bass de bella librea.
El viento seguía soplando y nos limitaba tanto a la hora de lanzar como de localizar los peces.
Mi compañero estuvo pescando un rato más hasta que se tuvo que ausentar.
Tras despedirme de él, trataría de engañar algún pez más, a pesar de que sabía que la tarea no sería sencilla.
Tuve la oportunidad de sacar dos buenos ejemplares, pero estos renunciaron a atrapar el señuelo en el último momento.
Seguí la senda que me llevaría a una zona de aguas calmadas.
Una gran silueta me sobresaltó en la distancia, pues pensé que sería el bass más grande que había visto en mi vida.
Poco después, cuando pasé cerca de donde había visualizado la silueta, miré que se trataba de una carpa de unos 8 ó 9 kilos, que nadaba plácidamente bajo la sombra de los árboles.
Las nubes poco a poco fueron ganándole la partida al sol, hasta llegar a eclipsarlo totalmente.
Esto me desanimó un poco, ya que la intensidad lumínica bajó considerablemente.
Antes de marcharme, pude observar la segunda familia de ánades de la tarde.
Ahora habrá que esperar a que los basses se activen un poco más, para poder disfrutar de jornadas más fructíferas.







