Después de varias semanas con temporales de viento, lluvia y nieve, por fin pude salir de pesca con unos compañeros.
Después de que Víctor hiciera las presentaciones (pues a Berto y a Antonio no los conocía), pusimos rumbo a la zona de pesca elegida.

Una vez en la zona de Ribeira y tras tomar el café mañanero, nos desplazamos a la zona escogida.
Allí nos encontramos con un mar un tanto desapacible, pero pueden más las ganas de pescar que las caras que pueda poner el tiempo.

Antonio comenzó en una zona de rocas donde tuvo una picada con el chivo, pero la lubina consiguió soltarse del plomizo engaño.
Víctor y Berto comenzaron a prospectar la zona de la playa, mientras yo ultimaba mis lances en la zona de rocas.

La sucesión de olas era un disfrute para los ojos y mientras caminaba por la orilla, me detenía para tomar algunas instantáneas.

La playa en cuestión está enclavada en el parque Natural
"Dunas de Corrubedo" y por eso un solo vistazo bastaba para pescar sosegadamente, en tan magnífico entorno.

Tras muchos lances infructuosos, decidí alcanzar a los dos compañeros que divisaba en la lejanía.
Una caminata de 15 minutos por la playa de fina arena, bastó para alcanzarlos.

Ambos compañeros se encontraban sobre unas rocas tapizadas por colonias de mejillones y de gusanos tubícolas.
No habían sentido la presencia de las lubinas, a pesar de que habían probado con diferentes señuelos.

Al cabo de un rato, Berto estaba peleando con una pequeña lubina, que había sido engañada con un pez artificial de buen tamaño.
La lubina siguió su camino después de que nuestro compañero la hubiera liberado del anzuelo.

Con dificultad, atravesamos una corriente de agua dulce y así logramos alcanzar un promontorio de rocas desde el que seguir pescando.
El mar aquí estaba un poco pasado, pero la lubina puede sorprendernos en las zonas menos esperadas.

Las sucesiones de olas cobraron mayor violencia con el inicio de la pleamar, pero a pesar de todo fuimos probando con distintos señuelos.
Ni chivos, ni minnows dieron resultado alguno, por lo que decidimos hacer algunos lances más, antes de volver a la zona inicial donde Antonio se encontraba.
Víctor no desistía en su afán por hacerse con una lubina en esta zona ...

... mientras Berto hacía lo propio cerca de allí.

Este es el curso de agua dulce cuya travesía fue dificultosa debido a la corriente y a que la arena estaba blanda, lo que provocaba el hundimiento de nuestras extremidades inferiores.
Tanto en la ida como en la vuelta, fue necesario hacer un pequeño descanso en medio de la corriente.

Dejamos atrás la masa pétrea, para ir vareando por la orilla, de camino al punto de partida.
No teníamos noticias de Antonio y queríamos saber si había tenido más suerte que nosotros.

Al fondo, donde termina la ondulante superficie arenosa, se divisa la
duna móvil de Corrubedo, que es uno de los atractivos del lugar, junto con dos lagunas.

El sol que comenzó a asomar tímidamente entre las nubes, desplegaba ahora todo su fulgor y nos transmitía una sensación de cálido bienestar. Algo de agradecer, pues la previsión era que el viento soplaría del norte por la tarde.
Una vez nos reunimos con Antonio y tras unos lances más, decidimos ir a mirar unos lugares en los que pescar por la tarde y acto seguido irnos a comer.

Junto al faro, el mar estaba bastante bueno. Quizás válido para pescar sargos con boya, pero en ese momento tocaba irse a comer para reponer fuerzas y afrontar con garantías la tarde.

Por la tarde y tras una larga búsqueda, comenzamos a pescar en una zona de grandes rocas. El mar golpeaba con fuerza y había que andar con cuidado.
Probamos con los chivos en las zonas que aparentemente podía dar algún pez, pero no hubo suerte.

El estruendo de algunas olas rompiendo era ensordecedor y el viento fuerte nos animaba a caminar con cautela.
Víctor y yo nos dirigimos a una ensenada mientras Antonio y Berto se quedaban en la misma zona.

Tras una picada fallida por parte de Víctor y otra mía, mi compañero se percató de que en la ensenada había un gran número de mújoles.
!!Quién me diera un equipo de mosca en ese momento¡¡
Le comenté a Víctor que con un pequeño grub de vinilo podíamos capturar alguno. Y efectivamente pude capturar sendas
lisas doradas y un
mújol común, que me brindaron una bonita lucha.
Por su parte, Berto capturó una bonita lubina.

Cambiamos una vez más de lugar y nos dirigimos nuevamente al arenal.
El sol comenzaba su "descenso" y nosotros aprovecharíamos el cambio de luces para hacer los últimos lances de la jornada.

Descendimos por la pendiente, poniendo rumbo hacia la orilla y en mi cabeza se repetía la idea de que había que capturar una buena pieza en un lugar tan fantástico.

Una breve caminata y ya estábamos listos para el último asalto.

En esta zona, la pendiente de la playa era más pronunciada y la resaca de las olas era algo a tener en cuenta si queríamos evitar un susto.

Víctor divisó a Berto con su caña arqueada y la curvatura de esta indicó que el ejemplar que había al otro lado de la línea, era de buen porte.
Tras un duro combate, la fortuna se decantó del lado del pescador y nuestro compañero puso en seco al serránido.

La tensión del momento comenzaba a digerirse y el pescador posaba satisfecho ahora con el codiciado robalo.
Este momento culminada toda una jornada de búsqueda en este paradisiaco entorno.

Como disponíamos de unos minutos antes de que la oscuridad hiciera acto de presencia, apuramos los últimos lances sobre un mar muy desapacible.
No hubo respuesta alguna por parte de los hijos de Neptuno, por lo que ya sólo quedaba desmontar los equipos y poner rumbo al coche.