El sábado al mediodía, recibí una llamada de Miguel para ir a pescar basses y en vista de que estos eran difíciles de capturar, acepté el reto y quedamos por la tarde.

Miguel comenzó pescando desde pato y yo desde la orilla.
En poco tiempo saqué un pequeño bass mientras que Miguel se quejaba del viento.
La persistencia de Eolo, hizo que optase por guardar el pato y acompañarme por la orilla.

Cuando Miguel y yo nos pusimos en marcha, Marcos estaba sacando un bass majo, que tras unas fotos fue devuelto a su medio.
Fuimos evitando las zonas donde había otros pescadores, hasta que nos encontramos a dos que se quejaban de lo difíciles que estaban ese día los bocazas.

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La captura -
Miguel me advirtió de la presencia de un bonito bass bajo unas ramas. Nos encontrábamos a unos 2.5 metros sobre la superficie del agua y a unos 10 metros del pez. El lance era difícil, pero sólo me arriesgaba a perder el anzuelo y el vinilo. Si el pez picaba, tendría que sacarlo por encima de un tronco, evitar que se colase entre las ramas sumergidas y después bajar a por él.
Hice el lance con precisión y el bass se movió hacia el vinilo sin desconfiar .... ZAS ... clavé y tiré del pez hacia mi posición.
Todo había salido según lo previsto.

No se nos dio por grabar la secuencia, pero el bass estaba situado en la zona del círculo rojo y yo tuve que colocar el vinilo un poco más a la izquierda.
Otra captura inolvidable, por la dificultad del lance y la previsión de cómo había que actuar en caso de picada.

Seguimos andando por la orilla y ofreciéndoles un apetitoso bocado a nuestros amigos verdes. Había zonas en las que ejemplares juveniles campaban a sus anchas sin que nadie los molestase, pero si estas zonas estaban muy iluminadas, los basses eran reacios a picar.

Llegamos a una zona en la que los juveniles nadaban paralelos a la orilla, de un lado para otro. Le comenté a Miguel que podrían ir bien unos peces artificiales de menor tamaño.
Dicho y hecho. Pronto salió el primero.
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El mal trago -
Los jóvenes basses atacaban seguido y nuevamente clavé otro, sólo que cuando me dispuse a agarrarlo con la mano, este se sacudió y ... ZAS ... uno de los anzuelos del triple delantero se clavó en mi dedo.
Me acordé de David y de una situación que él había padecido.

Si ampliáis la foto os daréis cuenta de la aparatosidad de la clavada. Después de liberar al bass, intenté atravesar la carne para poder cortar el anzuelo, pero creo que el hueso impedía tal operación.
La siguiente opción era tirar del anzuelo hacia atrás. No es lo recomendable, pero no tenía ganas de ir a urgencias.
Quité el anzuelo triple trasero, para evitar males mayores.
Sujeté con firmeza el anzuelo y tiré hacia atrás.
El estómago me daba vueltas y yo no disponía de la comodidad suficiente para tirar con fuerza, así que le pedí a Miguel que me echase una mano. Ante una primera negativa, al final accedió a hacer de médico.
Sin morder nada, le dije que tirase y tras un eterno segundo, el anzuelo desgarró la carne y salió para afuera.
Liberado del anzuelo ya pudimos proseguir con la pesca, aunque primero nos echamos unas risas cuando hacía como que iba a vomitar.

Después Miguel clavó a otro joven bass con un señuelo que le regalé, pues le había impresionado la forma de navegar y su apariencia tan diferente de los peces artificiales más conocidos.

Nuevo lance bajo las ramas y un bass de bella librea que pica ante el engaño. Foto y al agua.
Poco después nos encontramos con un pescador con el que solemos parar a charlar de la pesca. Este a su vez suele venir acompañado de una perra llamada Mega, que algunos recordareis del año pasado. Paramos a jugar un poco con ella, pues le encanta que se le lance un palo o una piña para ir a buscarlo.

Después de contemplar a un chaval, dando muerte a un bass capturado con spinnerbait y jactándose de ello, fuimos acercándonos a una pequeña ensenada.
Observé un bass de mediano tamaño y moví mi pez artificial flotante en las proximidades, entonces apareció uno mayor. En cuanto paré de recuperar línea, el pez artificial se fue hacia la superficie y cuando esté rompió la tensión superficial del agua, desencadenó un ataque fulminante por parte del bass de mayor tamaño.
Una picada espectacular en todos los aspectos.
Fotos y al agua.

Esta ensenada me gusta particularmente por su riqueza botánica. Es casi como estar en el período carbonífero, pero sin dinosaurios acechando, jejeje

En un lugar donde a Miguel se le suelen soltar los basses, esta vez logró acercar uno a la orilla.
Antes de liberarlo posó para la foto.

Antes de afrontar el último tramo de embalse, tocaba revisar el nudo, pues la abundancia de vegetación puede hacernos perder un pez o el señuelo.

Con las últimas luces de la tarde, apuramos algunos lances más, pero no salió ningún bass.
Sin duda una tarde de diversión, exceptuando el incidente del anzuelo.
El día anterior ...El viernes había quedado con Jesús (al que conocí por el blog), para pescar en el río Oitavén, por debajo del embalse de Eiras.
Es un lugar muy difícil de andar pero en el que se había abierto la veda en mayo, debido a que los reos también pueblan sus aguas.
El día se presentaba muy caluroso y de camino al río el sudor ya estaba presente en toda la superficie epidérmica.
Bajamos por el cauce medio seco de un pequeño arroyo en el que aproveché para beber, pues el calor era endemoniadamente traicionero.
Cuando llegamos al río me dí cuenta de que había perdido las gafas polarizadas (50 euros que se quedarían sabe Dios dónde).
El río bajaba espléndido, aunque un poco alto para mi gusto. El que Jesús llevase botas altas, nos condicionaría en la jornada, pero suele haber lugares por los que pasar.

No tardamos en sacar las primeras truchas. Estas de pequeño tamaño pero con una librea espectacular.
Sé que los pozos profundos albergan truchas de buen tamaño, pero para tentar a estas pintonas, habrá que esperar a que disminuya el caudal del río.
Advertí que el río había sido visitado hace poco, pues se apreciaban matas de hierba y helechos pisados recientemente.

El río baja encañonado en un cauce pétreo de granito, que toma formas caprichosas sobre las que nos vamos moviendo para ir sacando algunas truchas.
El tramo a pescar no es excesivamente largo, pero se hace tan malo de andar, que la travesía puede durar varias horas.

La modalidad más apta para esta época es el cebo natural, pero dicha modalidad se haría muy lenta para cubrir este tramo de río y para ello necesitaríamos todo el día.

Entre las picadas de pequeñas truchas hubo alguna de truchas mayores, pero la bravura de estas no nos permitió fotografiar ninguna.

En un momento en el que miré el reloj, me dí cuenta de que todavía no habíamos llegado al ecuador del trayecto, por lo que decidimos avanzar un tramo largo sin pescar, ya que una vez comenzase a bajar la intensidad de la luz, nos podríamos mirar en un aprieto.

El algunos tramos, el avance se ralentizaba mucho, debido a que no había un paso claro por el que pasar.
Otras veces nos limitaba la profundidad del río, debido a que Jesús llevaba botas altas y había que buscar una ruta que le fuese bien.

En alguna zona concreta hacíamos algún lance para no desaprovechar todo el tramo de río que teníamos que avanzar.
Salió alguna trucha más, pero no eran truchas de gran tamaño. La bravura de estas aguas hacen que el crecimiento de los peces se ralentice con respecto a los de ríos de zonas más bajas.

Aún no habíamos llegado a la mitad del trayecto y eso me inquietaba. Teníamos que salir del río como fuese.
Buscamos una zona por la que discurriese algo de agua desde la pista que recorre el valle, para así poder subir.
Encontramos un lugar que reunía esas características, pero la verticalidad de la pared impedía la subida, así que tocó ascender un poco más.

Llegados a este punto opté por buscar una salida a toda costa, pues la idea de que se nos hiciese de noche en el río, no era nada tranquilizadora.
En este zona saqué otra colorida truchilla y después nos dirigimos al margen derecho del río, que es por el que debíamos ascender.
- La odisea -La mirada de la subida era suficiente para desanimar a cualquiera, pero el nerviosismo ya comenzaba a aflorar.
La pendiente era tan pronunciada que la tierra se desplomaba bajo nuestros pies.
Había zonas de zarzas y maleza, así que cortamos una vara de laurel para abrir camino.
A continuación le pedí a Jesús que llevase mi caña, pues las fuerzas me hacían falta para ir golpeando zarzas, tojos y helechos.
Después de unos agónicos minutos, vislumbré lo que podía ser la pista forestal.
Sí ... parecía que sí lo era.
Me agarré a un sauce y al fin llegué al camino.
Ayudé a Jesús a subir y él se echó al suelo para descansar.
Yo tenía cortes en los brazos y espinas de zarzas clavadas en las manos, pero al fin estábamos arriba.
Comenzamos a caminar hacia los coches comentando la dureza de la jornada y que había que buscar un bar para reponer los líquidos perdidos.
En uno de los pasos, advertí algo en el suelo. No lo había pisado de milagro.
!!!!Eran mis gafas¡¡¡¡Era difícil de creer que después de varias horas pudieran aparecer, pues si la jornada hubiese transcurrido con normalidad, no me hubiera cruzado con ellas.