Se le había escapado uno muy gordo con todo el aparejo, por lo que me hice a la idea de recuperarme lo antes posible.
Después de una
mañana tras las lubinas y con la espalda algo mejor, me fui a comer y a continuación, mi hermano y yo partimos rumbo al pedrero.

Las condiciones del mar eran similares a las del día anterior. El gran azul nos dejaría morar durante unas horas en una parcela de su basto imperio.
Preparamos todo y buscamos un lugar por el que poder descender el acantilado.

Durante la bajada nos topamos con lo que parecían las plumas de una
paloma torcaz. Seguramente fue abatida por un
halcón peregrino . Poco hay que hacer ante el animal más veloz del planeta y menos en este entorno desprovisto de árboles.

Ya podía sentir la brisa yodada que me animaba antes de comenzar la jornada. El hecho de encontrarme en el acantilado, con un día espléndido y la posibilidad de capturar un buen sargo, hacían que me olvidase de mi dolor muscular.
Proseguimos bajando con cautela, por las zonas más accesibles, para finalmente llegar a la puesta elegida.

El mar se movía lo justo para poder pescar, así que desplegamos nuestras cañas hacia el cielo, para adoptar la forma de lanceros contemporáneos y comenzar la batalla con las criaturas que bajo el agua nos aguardaban.

Una de estas criaturas, suele ser la omnipresente boga de mar. Esta oportunista del océano no duda en deleitarse con los cebos blandos que se utilizan para la pesca del sargo, por lo que su captura suele ser casi matemática en este escenario.
En los primeros minutos sacamos varias bogas y algunas tenían un tamaño
considerable.

Interrumpiendo la captura de las bogas, surgió este
mújol o lisa de casi kilo y medio, que batalló hasta la extenuación y cuyo cuerpo, mi Arcadia no tuvo reparos en elevar hasta mi posición.
Estoy muy contento con estas cañas, pues creo que su límite de elevación está condicionado por el diámetro de la línea empleada, en cuanto a la pesca del sargo se refiere.
Hay ocasiones en las que un
robalo puede sucumbir al engaño y en estos casos,
evidentemente, hay que hacer uso del sentido común y no forzar la vara.

A continuación el carrete de mi hermano, comenzó a soltar hilo. Un bello sargo se encontraba al otro lado de la línea. La
Protako Annesa, parece bastante más endeble que la
Veret, por lo que mi hermano no tentó a la diosa Fortuna.
Pacientemente lo fue acercando a las rocas donde yo aguardaba. Una ola lo depositó a mi alcance y luego, sujetando el bajo de
fluorocarbono, lo levanté en peso.
La línea del 0.23 se cortó con los dientes del sargo y este se cayó en una pequeña poza. Antes de que llegara la ola que le devolviese la libertad, lo sujete con la mano y subí por las piedras con celeridad.
El sargo de poco más de un kilo, cuya dentadura había puesto en entredicho la resistencia del
fluorocarbono, posaba ahora en manos de su
captor.

El sol se acercaba
pausadamente al mar y en ese momento clavé un sargo.
Se mostró luchador en todo momento, pero no alcanzaba el medio kilo de peso. Sin embargo, al izarlo hacia nuestra posición, este cortó el hilo y su cuerpo se precipitó hacia el agua.
Me quedó pena de que se fuera con el anzuelo clavado, pero supongo que estas situaciones también son frecuentes en esta modalidad de pesca.

La esfera incandescente ya acariciaba la superficie líquida y esta comenzó a apagar su resplandor. Ese momento marcó el final de la jornada, pues no habíamos llevado linterna y el ascenso era mejor hacerlo con tiempo, por si algún imprevisto surgiera en dicha travesía.
La jornada no fue todo lo buena que esperaba, pero el mar nos recompensó por haber hecho el esfuerzo de bajar y hacerle compañía por unas horas.
El balance de diecisiete bogas (que amenizaron la jornada), un buen mújol y un sargo espléndido, no fue malo del todo, en vista de que no se pudo repetir la tarde anterior.
Por suerte volveré por el pedrero a tentar a los cebreados espáridos.