Este sábado acudí con dos compañeros argentinos al embalse que se está convirtiendo en el habitual lugar de encuentro para la pesca del bass.
Bajo un sol abrasador me reuní con Miguel y comenzamos a pescar mientras esperábamos por Diego.
Varias capturas de pequeño tamaño fueron saliendo y volviendo al agua. En cuanto llegó Diego, comenzamos a tentar a los grandes ejemplares, sin mucho éxito.
Cuando acudí para desenganchar un vinilo, un enorme bass pasó detrás de mí.
Al llegar a una zona que yo suelo pescar con bastante éxito, comenzó el espectáculo.
Diego desde la orilla, Miguel y yo metidos hasta la cintura, comenzamos a sacar basses en tal cantidad, que en algunos momentos los tres disfrutábamos cobrando piezas al mismo tiempo.
Diferentes montajes y señuelos, nos iban aportando capturas a los tres. Un pescador que andaba por la zona se marchó algo enfadado ( por una expresión que pronunció en voz alta), tras observar que nosotros teníamos un éxito notable y devolvíamos las piezas al agua, mientras que él portaba dos pequeñines en una bolsa y realizaba infructuosos lances.
Después de perder la cuenta de los peces que habíamos devuelto, decidimos hacer algo atípico, que había sugerido al inicio de la jornada. Volver sobre nuestros pasos mientras el sol comenzaba su descenso.
Las sombras ya se iban apoderando de la superficie del agua, el calor comenzaba a remitir mientras una suave brisa mecía los alisos. Y seguían saliendo los basses. Íbamos comentando lo que habíamos mejorado nuestra técnica a la hora de afrontar las jornadas en busca de los basses.
Diego se adelantó un poco, mientras Miguel y yo intentábamos unos lances bajo las ramas. Diego gritó: ¡¡VENGAN ACÁ!!
Como pude salí de mi emplazamiento para acudir a la llamada. La curvatura de la caña era indicativo de una buena pieza.
Diego exclamó: ¡¡Déjenme disfrutarlo, si se suelta no pasa nada!!
La caña se quebró bajo la presión pero el bass ya estaba en tierra.
Esta era la culminación a una jornada memorable. La alegría y el júbilo envolvían el dulce momento. Las felicitaciones pertinentes, las fotos y la puesta en libertad del ejemplar llegaron a continuación. Ya de camino nos lamentábamos de que Javi no pudiera estar con nosotros, pero sin duda habrá más jornadas tras los ejemplares más grandes que aún quedan por la zona.
La nota negativa fue la rotura de la caña de Diego. Ojalá que tengamos la oportunidad de quebrar nuestras cañas con uno de estos bichos al otro lado de nuestra línea.
Varias capturas de pequeño tamaño fueron saliendo y volviendo al agua. En cuanto llegó Diego, comenzamos a tentar a los grandes ejemplares, sin mucho éxito.
Cuando acudí para desenganchar un vinilo, un enorme bass pasó detrás de mí.
Diego desde la orilla, Miguel y yo metidos hasta la cintura, comenzamos a sacar basses en tal cantidad, que en algunos momentos los tres disfrutábamos cobrando piezas al mismo tiempo.
Diego se adelantó un poco, mientras Miguel y yo intentábamos unos lances bajo las ramas. Diego gritó: ¡¡VENGAN ACÁ!!
Como pude salí de mi emplazamiento para acudir a la llamada. La curvatura de la caña era indicativo de una buena pieza.
Diego exclamó: ¡¡Déjenme disfrutarlo, si se suelta no pasa nada!!
La caña se quebró bajo la presión pero el bass ya estaba en tierra.